Democratizando la democracia: el papel de la cultura abierta en los recientes cambios políticos

Democratizando la democracia: el papel de la cultura abierta en los recientes cambios políticos


Son ya varios los años que han pasado desde que los equilibrios que sostenían la existencia de la gente común saltaron por los aires. Debajo del manto del bienestar económico se descubrió el germen en desarrollo de enfermedades que se extendían en silencio en casi todos los cuerpos sociales desde los 80; el crac de 2008 nos descubrió con lo puesto y un gripazo: con unas comunidades a las que se encomendó la tarea de sostener unos cuidados que ya no podíamos contratar, con un medio ambiente que se inspira en el imaginario del colapso, sin sindicatos de trabajadores que garantizaran algo de resistencia a los EREs de destrucción masiva. Sin un nosotras.

Para devolver algo de consistencia a eso del vivir, se articularon espacios en los que el vacío era menos insoportable y del encuentro con otros empezó a germinar una cultura común que ampliaba el espectro de lo posible, que celebraba el contagio y la replicabilidad tomando la ola de la cultura digital. Internet arrastró consigo la dimensión inmaterial de la revolución que empezaba a tener lugar y la amplificó hasta que los graves hicieron temblar los valores fundamentales que estructuraban nuestras sociedades.

Desde prácticas de lo más diversas se empezó a considerar natural compartir el código, se reemplazó al autor romántico por toneladas de inteligencia colectiva, se hizo un esfuerzo sostenido por democratizar las condiciones para el acceso a las herramientas de creación y gestión de la vida. En definitiva se produjo un complejo proceso de politización de los espacios que la economía había conseguido mantener compartimentados durante décadas. Y hoy, en el paisaje mediático, ya aparece la idea del fin de la especialización de la política como ámbito profesional y la reclamación de que la ciudadanía ha de ser un participante activo en la toma de decisiones.

Entre quiebres y rupturas, una nueva cultura política nació titubeante pero irremediable; producto de los ensamblajes culturales que se habían venido produciendo en diferentes lugares, configurando un mapa social lleno de intersecciones creativas que venían a producir un nuevo orden del conocimiento y de las praxis para constituirnos en común. De estos hervores se cocinaron partidos políticos con la voluntad de ‘democratizar nuestras democracias’, de abrir las ventanas de las instituciones oficiales para ventilar, de instituir prácticas políticas y crear mecanismos para mejorar las vías de participación de la ciudadanía.

Pero al tiempo que se ensayaban gestos para nuevas institucionalidades emancipadoras en ayuntamientos, regiones y estados, una gran parte de la ciudadanía europea empezaba a mostrar su apoyo a líderes de extrema derecha; se tomaba la decisión de expulsar a los refugiados al patio trasero de Europa; y la Troika hipotecaba el futuro de varias generaciones de los países en situación de dependencia. Las atrocidades cometidas en nombre de la ciudadanía anunciaban la necesidad de reconocernos con unas medidas nuevas.

Los comunes empezaron a pensarse entonces como un contenedor capaz de albergar un relato colectivo a escala europea. Un relato capaz de estructurar la transversalidad de las reivindicaciones desde la generación de conocimiento intangible y de recursos materiales que hacen nuestra vida más vivible. Los comunes se han convertido en la referencia indispensable para pensar, diseñar y ejecutar planes en los que hacer convivir esta nueva «cultura política» donde no se piense en la ciudadanía como un sujeto dócil, sino en un sujeto múltiple y complejo con capacidad de agencia, autogestión y autonomía.

Contra las inercias institucionales, contra los propios cuerpos exhaustos, contra la dependencia del sector público y los intereses del privado se conjuran unos comunes que aún tienen que recorrer caminos plagados de amenazas. ¿Cómo evitar que la potencia simbólica del común se vacíe de sentido? ¿Cómo evitar que los gobiernos europeos conviertan el común en la excusa para desbaratar los servicios públicos? ¿Cómo hacer que el común se cite como sinónimo de condiciones de supervivencia dignas para los profesionales del arte, la cultura, la medicina, y en definitiva, de la ciudadanía? Resulta urgente compartir experiencias concretas y situadas que puedan servir de inspiración, que inauguren las condiciones de posibilidad para un relato del común que sea capaz de enfrentarse a un leviatán (casi) omnipotente.


 

El encuentro Culture, the City and the Commons pretende ofrecer un tiempo y un espacio común en el que compartir esas experiencias con agentes europeos procedentes de ámbitos como la cultura, el arte político, el derecho a la ciudad, los procesos participativos y los comunes. Consulta aquí el programa completo.

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