Más allá del encargo: la participación como prioridad política

Más allá del encargo: la participación como prioridad política


En el último año hemos estado asistiendo en dos procesos de participación que han pretendido la co-creación de políticas públicas para las áreas de cultura. Ha sido en los ayuntamientos de Madrid y Sevilla. Además hemos estado observando, con diferentes grados de atención, lo que ha ocurrido en ciudades como A Coruña, Zaragoza, Barcelona o Cádiz. Esta reflexión, que puedes leer a continuación, hace balance de lo aprendido con la intención de generar un debate abierto sobre los procesos de participación en general y sobre cultura en particular.

¿A quién le corresponde iniciar un proceso de participación en cultura?

Por lo general existe un conflicto grave de competencias. En la mayoría de Ayuntamientos ya existen áreas de participación ciudadana. ¿A quién corresponde activar los procesos participativos sobre cultura? ¿Es la cultura un ámbito excepcional que debe tener su propio proceso separado de otros que estén en marcha? Se abren muchas preguntas y se alumbran pocas respuestas, pues carecemos de experiencias satisfactorias: las conexiones que se han podido dar en el caso de Sevilla con el Área de Participación han sido nulas y en el caso de Madrid han sido muy leves, partiendo de programas y objetivos diferentes. Y no es una cuestión menor, ya que, la falta de reconocimiento de las áreas de participación, lastra o dificulta la consistencia de los procesos que se inician desde cultura. No quedan imbricados en la lógica institucional. Sin coordinación entre áreas con competencias similares, la participación depende del interés personal de las personas que en ese momento están gobernando.

Pero, hablando de competencias, también hemos de preguntarnos: ¿quién debe activar estos procesos cuando apelan a diferentes instituciones? Bueno, aquí sí tenemos una propuesta clara: son los ayuntamientos quienes deben liderar – sí, esta palabra da miedo, pero creemos en la potencia del municipalismo-, aquellos procesos que ocurren en la ciudad. Y ya.

¿A quién le interesa que solo participen los sectores representados?

Es bien sabido que la cultura funciona por lobbys, normalmente por grupos de afinidad basados en intereses muy concretos. Desde dentro, se suele olvidar la diversidad y la toma de conciencia de la complejidad que implica ser trabajadora cultural. Por su parte, a la institución le siguen interesando voces que representen al sector -es la quintaesencia de la democracia representativa-. Blanco y en botella: durante los últimos 30 años se han potenciado y apoyado estructuras microsectoriales de teatro, danza, música clásica, salas, etc. Superar la mirada clásica de sector y apelar a una conciencia que conecte las lógicas transversales del trabajo cultural es una propuesta que genera cierta polémica entre “Representantes de la Cultura”

Cuando en Sevilla no llamamos únicamente a los que son siempre llamados – representen a más o menos personas o agentes-, o cuando en Madrid reflexionamos sobre el ecosistema desde una perspectiva más transversal, nos encontramos con que los tradicionales sectores de la cultura y el arte se sienten descolocados, se quedan mudos, no saben, en definitiva, cómo articular otro idioma que no sea ese tan conocido del “qué hay de lo mío”. Lo complejo es integrar esas visiones sectoriales con aquellas transversales en un mismo proceso, saber situar la representación en un lugar que permita atender a todas las personas por igual. Los sectores deben ser atendidos de manera individual, ser escuchados con empatía suficiente como para reconocer que suelen ser un magnífico punto de partida para la documentación y la información previa a preparar.

Pero hay que priorizar y activar lógicas de “qué hay de lo nuestro, lo de todos, lo común”, porque hay que dejar de entender la cultura como un lugar lleno de excepciones y pasar a normalizarla como una forma más de trabajar en la ciudad. Esto se entiende con un caso práctico: cuando hablamos de cesión de espacios ¿por qué es tan fácil ceder un espacio a una entidad social o ciudadana de cualquier cosa que no sea cultura? ¿no es un derecho? ¿No debe estar, por tanto, disponible para ser reclamada por espectros más diversos que las trabajadoras del sector? El tradicional reconocimiento que se ha dado a estructuras de participación basadas en la representatividad de entidades nada o poco democráticas y la perentoria necesidad de articular fórmulas ágiles de distribuir los escasos presupuestos de una manera fluida no debe confundirnos: la cultura es algo más que sus sectores profesionales. Esto, de momento, es un planteamiento que cuesta trabajo desarrollar. Si hemos aprendido algo en estos meses es que entre lo importante y lo urgente siempre gana lo urgente. Lo que vienen a decir los sectores es “primero resuelve mi papeleta y ya luego si quieres me preguntas por lo demás”.

¿Cómo comunicamos los procesos de participación?

Consecuencia de esta loca carrera sin fin: faltan canales de calidad para comunicar los procesos. Sí, es un problema que afecta a casi todas las instituciones públicas, pero en el caso de la participación es, si cabe, más grave. Quizás sea un capítulo aparte, pero merece la pena apuntar que una comunicación basada en eventos de actualidad marcados sobre la agenda cultural no permite atender a la complejidad de estos procesos. Las instituciones han de fomentar una cultura de la participación que atienda a narrativas que nos expliquen desde otro sitio. Por eso siempre hemos integrado nuestra lógica de la documentación, con relatorías propias, entrevistas y una comunicación pensada desde otro lugar.

Hemos de trabajar hacia una política comunicativa que sea capaz de pensar desde la noción de laboratorio abierto – una metáfora que usamos habitualmente sin asumir sus consecuencias-. En un laboratorio, el error es tan importante como la hipótesis de partida. En ambos Ayuntamientos hemos podido variar los calendarios y desviar los rumbos prefijados, pero siempre desde la discreción comunicativa. Explicar los cambios de rumbo no es entendido como una rémora en el diálogo con la administración, todo el mundo entiende que los procesos son vivos pero ¿somos capaces de comunicarlos en directo?

Los niveles de agresión mediática que ha sufrido el Área de Cultura de Madrid hicieron entender que el perfil bajo en comunicación iba a ser la mejor forma de trabajar y eso ha permitido que la comunidad de afectadas por Los Laboratorios entendiera que el proceso avanzaba a un ritmo particular. Pero, al tiempo, no ha permitido desplegar el debate público a nivel mediático. Y sobre todo, no ha permitido comunicar en profundidad las decisiones tomadas.

Los documentos de Madrid y Sevilla son accesibles pero lamentablemente no son fáciles de encontrar y, lo que es peor, no forman parte del debate mediático. Por lo general, ni gobierno, ni oposición, ni agentes culturales, ni ciudadanía activa los reclaman como un lugar desde el que debatir. Al final, los medios de comunicación siguen usando titulares como: “Carmena aumenta las Ayudas a la Creación”. Y claro, ese titular oculta la riqueza de los diferentes procesos de co-creación de políticas públicas bajo el personalismo.

¿Qué hemos hecho hasta ahora?

Lo cierto es que, aunque haya algunas similitudes, los puntos de partida de Sevilla y Madrid han sido bastante diferentes. En la ciudad de Sevilla hacía más de 8 años que no se abría un proceso de participación para las políticas culturales del Ayuntamiento. Fue en la conocida como “etapa Marset”, donde participamos en aquellos foros de agentes culturales y donde incluso formamos parte de la comisión de comunicación que dio pie a la primera web del Instituto de la Cultura y las Artes de Sevilla (ICAS). Con la llegada de la actual legislatura al gobierno de Sevilla, se abre un espacio de reflexión desde dentro y se nos invita, junto a miembros de la Universidad Internacional de Andalucía y la Universidad de Cádiz, a formar parte de un grupo motor para pensar las políticas públicas. Desde finales de 2015 a octubre de 2016 hemos trabajado en tres aspectos:

  • Un diagnóstico de la situación de las políticas culturales del ICAS.
  • La elaboración de un primer documento base para un cambio de modelo gestión y unos objetivos estratégicos acordes con las políticas culturales de estos tiempos.
  • El diseño y producción de unas jornadas de participación, con más de 200 agentes y con 10 ponentes para el contraste y mejora del primer Documento Base de Políticas Culturales de Sevilla.

En octubre de 2016 la directora general y el delegado de cultura presentaron un documento –y toda la documentación audiovisual generada– que ahora mismo rige las políticas públicas del ICAS.

En la ciudad de Madrid, con una cultura en procesos de participación más estable y un área de participación proactiva, fuimos llamados por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Madrid para formar parte de un grupo de trabajo con Hablar en Arte, Silvia Nanclares, Clara Megías y Ricardo Antón de ColaBoraBora. En este grupo, nuestra responsabilidad ha sido el diseño metodológico de cuatro Laboratorios de Participación que han generado procesos autoconclusivos sobre: herramientas de participación en cultura; mejora en la política de ayudas y becas; investigación y mapeo sobre el ecosistema cultural madrileño; y centros de cultura de proximidad. El trabajo, desarrollado durante el año 2016, ha generado por nuestra parte cuatro documentos de acercamiento político a las cuestiones tratadas, unas guías de participación con el desarrollo de la metodología y sendos informes de valoración de resultados cualitativos y cuantitativos con la ayuda de relatores y documentalistas externos. Toda la documentación generada está disponible y puede consultarse aquíEl resultado más tangible de estos laboratorios ha sido la mejora y puesta en marcha de un ambicioso plan de ayudas para el año 2017.

¿Y en los próximos dos años, qué?

Mal haríamos si no entendiéramos que los tiempos electorales marcan cualquier puesta en acción de las herramientas de participación. Algunos querrán acelerar y otros querrán congelar, pero nuestra responsabilidad es firme: los procesos de participación deben configurarse a través de políticas públicas universales no partidistas. Como viene a decir Jaron Rowan en “Cultura Libre de Estado”: hemos de ser capaces de asumir que el acceso radical a la cultura implica saber operar con la disidencia – de los sectores, de la ciudadanía y de la oposición. Para que un proceso de participación esté legitimado para intervenir sobre la ciudad, ha de ser de calidad. Y para que sea de calidad, no sólo son necesarios indicadores cuantitativos, también tiempo y recursos. La participación no es barata debe hacerse contratando a profesionales que entiendan la mediación y sean capaces de poner en marcha todos los resortes de una producción compleja en la que detalles como a quién se invita o cómo son los horarios deben ser cuidados y además debemos llegar a pensar en cómo remunerar las comisiones de trabajo, los tiempos dedicados y los informes que se exigen sin tener en cuenta la precariedad de las personas que trabajan en estos ámbitos.

Hemos de reclamar que estos programas sigan adelante y que respondan a ciclos más amplios que un año. Es crucial para poder evaluar con precisión y para rendir cuentas de los procesos que se abren y de las decisiones que se toman, aunque sea con carácter consultivo. En estos dos años de legislatura debemos esforzarnos por generar estructuras y andamiajes legales que impliquen a todos los partidos para que la participación no sea algo que simplemente nos encargaron hace unos años.

En los próximos dos años debemos pasar de una primera gran fase de diagnóstico a empezar a articular espacios de pensar y hacer simultáneos. Porque los diagnósticos compartidos ya los tenemos y porque aunque el arco de soluciones puede ser muy diverso, también puede ser compartido. Hay retos jurídicos, hay que ensayar fórmulas que generen colaboración entre administraciones, y sobre todo, hay una necesidad urgente de probar todas las combinaciones que la imaginación política nos permita conjugar para abrir la caja fuerte de la administración a movimientos culturales y sociales.

Fotografía de Lukasz Michalak Photography

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