transformándose [el fuego], descansa al cabo de unos minutos de quieta contemplación, se desprende de su frenética distorsión, y penetra hasta el fondo de nuestras entrañas, el trazo inconmovible de lo sagrado, que nada tiene que ver con el Ser de Parménides o el platónico Bien, menos aún con el Dios de las religiones reveladas, aunque sí todo, por el contrario, con el grito desgarrado y desgarrador de la tierra. Los ritos de unos y otros son las prueba: los pueblos civilizados han echado afuera lo sagrado y creen dominarlo interpretando su palabra; por el contrario, lo sagrado vive en el corazón de los pueblos primitivos, que cantan y danzan en torno al fuego.
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