El fuego no sólo es, como para Heráclito, la expresión más acabada de la movilidad real, sino que, al cabo de unos minutos de quieta contemplación, se desprende de su frenética distorsión, y penetra hasta el fondo de nuestras entrañas, el trazo inconmovible de lo sagrado, que nada tiene que ver con el Ser de Parménides o el platónico Bien, menos aún con el Dios de las religiones reveladas, aunque sí todo, por el contrario, con el grito desgarrado y desgarrador de la tierra. Los ritos de unos y otros son las prueba: los pueblos civilizados han echado afuera lo sagrado y creen dominarlo interpretando su palabra; por el contrario, lo sagrado vive en el corazón de los pueblos primitivos, que cantan y danzan en torno al fuego.

 

 

 

El fuego no sólo es, como para Heráclito, la expresión más acabada de la movilidad real, sino que, al cabo de unos minutos de quieta contemplación, se desprende de su frenética distorsión, y penetra hasta el fondo de nuestras entrañas, el trazo inconmovible de lo sagrado, que nada tiene que ver con el Ser de Parménides o el platónico Bien, menos aún con el Dios de las religiones reveladas, aunque sí todo, por el contrario, con el grito desgarrado y desgarrador de la tierra. Los ritos de unos y otros son las prueba: los pueblos civilizados han echado afuera lo sagrado y creen dominarlo interpretando su palabra; por el contrario, lo sagrado vive en el corazón de los pueblos primitivos, que cantan y danzan en torno al fuego.

 

transformándose [el fuego], descansa al cabo de unos minutos de quieta contemplación, se desprende de su frenética distorsión, y penetra hasta el fondo de nuestras entrañas, el trazo inconmovible de lo sagrado, que nada tiene que ver con el Ser de Parménides o el platónico Bien, menos aún con el Dios de las religiones reveladas, aunque sí todo, por el contrario, con el grito desgarrado y desgarrador de la tierra. Los ritos de unos y otros son las prueba: los pueblos civilizados han echado afuera lo sagrado y creen dominarlo interpretando su palabra; por el contrario, lo sagrado vive en el corazón de los pueblos primitivos, que cantan y danzan en torno al fuego.

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