El intercambio de archivos a través de herramientas P2P supone una práctica "fuera de lugar". Desde el paradigma de la economía política ortodoxa, el derecho natural y el pensamiento liberal, es verdad que los espacios del procomún se consideran "públicos" y, por tanto, "politizables". Al mismo tiempo, se alejan de los intereses económicos a causa de una perspectiva que separa de manera dicotómica el control de Estado y Mercado. Sin embargo, muchos de los bienes que circulan por las redes se consideran mercancías con propietario. La propiedad intelectual de esos bienes funciona bajo la lógica de la propiedad mercantil. Y la propiedad privada pertenece al ámbito de lo económico, una esfera diferenciada de la cosa pública, un espacio que pertenece al individuo y al libre comercio. Este choque frontal entre la lógica del intercambio de lo privado dentro de un espacio de “economía de compartir” (sharing economy) produce un desbarajuste del sentido común establecido (construido como lo que da sentido al poder frente a una supuesta minoría que se identifica, etiqueta y homogeneiza como "sector de internet" o "cultura P2P").
Federico Guzmán cita al economista francés Serge Latouche en "Código fuente: la remezcla":
el acto de donar ’existe incluso en el seno de la sociedad global y cruza de lado a lado la sociedad de mercado […]. Se trata de un fenómeno histórico de reacción social creativa e innovadora frente al fracaso del desarrollo […]. De hecho, el mercado absoluto no existe, ya que el fundamento del intercambio social no puede basarse en la ley de la oferta y la demanda’.
Esta paradoja, que se ha defendido desde la antropología económica (Clastres o Sahlins), se visibiliza hoy más si cabe con el uso de las nuevas herramientas digitales. Este nuevo giro hace suscitar un interés renovado por la discusión sobre la maleabilidad del "orden natural del estado de las cosas" en nuestro modelo político-económico. Esto supone, por si fuera poco, recuperar ideas muy antiguas (los sistemas económicos del don y el contra-don que estudiaron algunos como Mauss o Godelier, el apoyo mutuo de Kropotkin como complemento al struggle for life fundacional del darwinismo social, el panarquismo o la filosofía de la que partieron los pioneros de internet reflejada en las libertades del software libre o en textos como la declaración de independencia del ciberespacio, donde imaginaron un espacio de cooperación y creatividad con más valor de uso que de cambio: "Vuestros conceptos legales sobre propiedad, expresión, identidad, movimiento y contexto no se aplican a nosotros").
Enfrentarse a la reflexión de nuevos programas de economía política implica, al menos, un doble esfuerzo para el usuario (para el ciudadano).
(1) Por un lado, entender que el paradigma económico que ahora funciona no deja de ser una convención, un contrato social que se puede reinterpretar, que no está pre-dado. Que estamos a tiempo de recuperar las esferas de la reciprocidad y la redistribución frente al abuso del intercambio mercantil omnipresente (a veces, absurdamente, incluso dentro de la esfera doméstica) y que esto no significa ir contra natura. Que como decía Chomsky en un "Aviso al navegante" en 1998, está en nuestras manos "la posibilidad de disponer de estos instrumentos tecnológicos en vez de dejárselos a las grandes compañías. Para ello, hace falta coordinación entre los grupos que se oponen a esa monopolización, utilizando la tecnología con creatividad, inteligencia y iniciativa para promocionar, por ejemplo, la educación".
(2) Una vez superado el shock, si conseguimos recuperarnos del trauma, nos enfrentamos a un segundo esfuerzo que para algunos sonará aún más disparatado: atreverse a esclarecer las disimilitudes que existen entre sociedad del bienestar y sociedad del procomún. Encontrar las diferencias entre la sensación de carestía y la abundancia y satisfacción.
Los "medios de formación de masas" (como le gusta decir a Agustín García Calvo) identifican nuestra sociedad con una serie de valores que nunca plantean siquiera una tímida defensa en favor del reparto del trabajo y la reducción del tiempo dedicado a la producción en beneficio del tiempo de ocio (ni les suena la idea de renta básica). Los medios, defendiendo antes el interés de las empresas que los controlan que el interés común, no reflexionan acerca de las posibilidades que ofrecen ejemplos como las redes P2P para reducir intermediarios, eliminar pasos burocráticos o reducir gastos en infraestructura. La auto-organización y la auto-gestión que nos permite esta tecnología no encuentran hueco porque, como afirma Castells, si tu meta es mantener el poder, no dejas espacio para la participación, las políticas locales o el diseño colectivo. Construir un nuevo paradigma económico y político, conllevaría un nuevo paradigma para la educación y la comunicación.
Para reducir la fatiga que provocarán estos esfuerzos, necesitaremos más mediadores (y no tantos medios, pensando en Martín Barbero), "hubs" y buscadores humanos (si cedemos la interpretación a Google "no tendremos suerte"), facilitadores que sepan traducir a una "mayoría moral" (tomando la expresión de Emmanuel Rodríguez en "El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en las metrópolis de la abundancia") la idea de un "nuevo contrato social" que, como usuarios y ciudadanos, nos haga ser conscientes de la necesidad de participar y reclamar los espacios procomunes, exigir una redistribución equitativa de riquezas -materiales e inmateriales- frente a los monopolios privados transnacionales y demás intereses imperialistas a los que vemos cómo cede el Estado en tiempos de crisis de manera evidente y caradura.
Como se trata de llegar al final de la meta sin echar mano del desfibrilador, mi interés por las redes P2P no reside tanto en alcanzar lo verdaderamente "deseable" (ese "wishful thinking" que propone olvidar aquí Juan Freire para provocar el debate) ni tampoco el "primitivismo" de volver al "kula" que practicaban los argonautas del Pacífico Occidental de las Islas Trobiand. Más que las tecnologías y herramientas P2P, parece inaplazable el debate sobre los posibles nuevos modelos de producción, distribución, circulación y consumo que supone la actitud social que brota imparable de compartir e intercambiar entre pares.



