Hace ya más de 6 meses, tumbado en el césped, a la sombra de un árbol, y por consejo de un amigo, imaginé un día en mi futuro. No puedo negar que, dicho de esta manera, suena un poco bucólico. Pero así fue como ocurrió. Así arranca el relato que narra mi nueva situación personal y profesional.
Este fin de semana no he estado en casa y no me ha acompañado el ordenador. He preferido pasear por El Retiro (sí, he pasado el fin de semana en Madrid) el poco tiempo en que no he podido estar -por cuestiones laborales- con mi chica. Había pensado en hacer una excepción y no compartir algunos de los enlaces que me han gustado esta semana, pero a la vuelta me ha tocado viajar en un asiento que me obligaba mirar al contrario del sentido de la marcha del tren. El tiempo se ha rebobinado lo justo como para que, aunque sea ya en lunes y breve, esta quinta entrega haya sido posible.
Un día insoportable, había sido, y hacía mucho calor, un calor de mil demonios. Estaba pasando el verano en casa de unos amigos, en el Algarbe, y me encantaba pasar las noches en el porche, sentado en una enorme silla de mimbre que parecía haber sido fabricada para mí. Había árboles, decenas de árboles de los que salían extraños sonidos, daba la sensación de que los árboles hablaban entre ellos, se reían de mí y me criticaban. Y mosquitos, que gracias a dios es una de las pocas cosas a la que no soy alérgico: Polen, picaduras de avispas, polvo, epitelios de animales, hongos de la humedad, látex e incluso algunas frutas, pescados y especias. Pero no los mosquitos.