Ángel Ganivet se conoce (es una forma de hablar) por su aportación a la Generación del 98, de la que fue un verdadero precursor (murió en 1898) y cuyo tema central fue la preocupación por España (ese estado decandente, que había perdido sus últimas colonias del continente americano y que padecía una crisis moral, política y económica). Para solucionar los problemas del país (“una casi isla”, dice en alguna parte), Ganivet propone una especie de cura colectiva, una suerte de ”restauración espiritual” que aleje a los españoles de la enfermedad más grave que padece: la abulia generalizada. Para esta regeneración apuesta por cultivar la mente: por un “amor al saber” para toda la vida.
Cuando yo hablo de restauración espiritual, no hablo como quien desea redondear un párrafo, valiéndose de frases bellas o sonoras; hablo con la buena fe de un maestro de escuela. No voy a proponer la creación de nuevos centros docentes ni una nueva ley de Instrucción Pública; todas las leyes son ineficaces mientras no se destruyen las malas prácticas, y para destruirlas la ley es mucho menos útil que los esfuerzos individuales; y en cuanto a los centros docentes, tal como hoy existen, aunque se suprimiera la mitad, no se perdería gran cosa. Yo he conocido de cerca más de dos mil condiscípulos y, a excepción de tres o cuatro, ninguno estudiaba más que lo preciso para desempeñar, o mejor dicho, para obtener un empleo retribuido.
Experiencias como Open-Roulotte o Banco Común de Conocimientos (BCC) son prácticas que podemos clasificar del tipo “por el camino de en medio”. En concreto, la experiencia que me toca más de cerca, el BCC en el IES Antonio Domínguez Ortiz, sinceramente lo confieso, ni siquiera creo que sea legal. Intentamos con ahínco que lo fuera, pero nos fue imposible; no nos escucharon, y si alguien lo hizo, no quiso o no estuvo en su mano colaborar (o colaboró sin saberlo). Pero al final, decididos y apoyados por “esfuerzos individuales”, optamos por elegir el camino menos transitado, por el camino de en medio. Estas experiencias y otras muchas demostrarán que no es importante que la educación sea o no sea legal; lo importante es que los miembros de la comunidad educativa y sus prácticas legitimen el proceso educativo. Todas las leyes son ineficaces mientras no se destruyan las malas prácticas. Esto, de alguna manera, nos hace alejarnos de la endogamia del sistema.
Nuestros centros docentes son edificios sin alma; dan a lo sumo el saber; pero no infunden el amor al saber, la fuerza inicial que ha de hacer fecundo el estudio cuando la juventud queda libre de tutela. Si en este punto hubiera de intentarse algo por los legisladores, el cambio más provechoso sería la sustitución de las oposiciones hoy en uso por el examen de "obras" de los aspirantes; en lugar de esos palenques charlatanescos, donde, como en las carreras de caballos, triunfa, no el que tiene más inteligencia, sino el que tiene mejor resuello y patas más largas, pondría yo reuniones familiares, donde, en contacto directo los que juzgan y son juzgados, se hablara sin artificio, se examinara el trabajo personal y la capacidad de cada uno, y lo que es más importante, el servicio que de él podía esperar la nación. Con este sistema, la juventud, que pierde el tiempo preparándose para ingresar en este o aquel escalafón, aprendiendo a contestar de memoria cuestionarios fofos e incoherentes, se vería forzada a crear obras, entre las que no sería extraño que saliese alguna buena.
Y eso que aún no se habían inventado el negocio de los cursos por internet homologados por el Ministerio. Haber tirado todos estos años “por el camino de en medio” me perjudica (me refiero "oficialmente") ahora que quiero desempeñar (no sólo obtener) un trabajo como profesor de lengua y literatura. No se valorará mi trabajo personal (y qué decir del colectivo). El sistema de oposiciones es dañino. Por otro lado, me beneficia infinitamente, me da herramientas y perspectiva de lo que hago. Me pongo como ejemplo de uno que sufre la endogamia del sistema educativo, pero quiere penetrar esa endogamia para hacerla exógama.
En un artículo titulado "La pedagogía no tiene la culpa" (que me recomendó en su día otro de los que pasa por aquí), su autora Ana Benito propone algunos puntos interesantes a tener en cuenta como "problemas concretos del estado español": una fuerte orientación hacia modelos educativos de transmisión, una escasa formación pedagógica del profesorado, bajos niveles de escolarización en el pasado, una insuficiente inversión y una corta historia democrática. Estas razones, a veces unidas a esa abulia colectiva de la que hablaba en el s XIX Ángel Ganivet (y que es probable que hoy día esté más presente que nunca), pueden ser algunas razones para que se reproduzca un sistema educativo tendente a encerrarse en sí mismo.
Quizás la clave esté en re-correr los caminos menos transitados, y en los esfuerzos individuales que, cuando en vez de restar suman, dan la sensación de que las cosas pueden ser de otra manera.
Los caminos, los centros docentes, los libros, los ordenadores, hasta el sistema... no tienen alma. Se la damos nosotros.



